CONTEO MUNDIAL

20 oct 2013

LA JUSTICIA DEL REY

He creado este blog en homenaje a un libro que he escrito y me han publicado.  Describo este libro como un cuento pequeño para grandes y que los pequeños lo disfrutan.



LA JUSTICIA DEL REY

Había una vez reino muy rico formado por gente que venía de todas las partes del mundo. Era una tierra de comerciantes y de grandes fortunas. Sin embargo, ese reino era más conocido por su Rey que por su comercio.

Debido a la actividad comercial, a menudo surgían toda clase de conflictos humanos y el Rey de ese reino era famoso por su habilidad para resolver esos problemas. De hecho era conocido en todo el mundo como “el Rey justo”. Gente de todos los reinos de la tierra iban a visitarlo en busca de su consejo.

Toda clase de personas lo visitaban, desde vagabundos peleando por una botella de vino hasta Reyes en guerra que buscaban una mediación para sus conflictos. El Rey justo los atendía a todos sin importar lo insignificante o lo complicado que fueran esas reyertas.

Para el monarca cada problema que se le planteaba era una oportunidad para poner en práctica su justicia, la que había aprendido de su padre, quien a su vez lo aprendió de el suyo, y así desde hace generaciones. Todo giraba en torno a la “utilidad de las cosas”, aquello que fuera más útil para el mayor número de personas debía ser sin duda, también lo más justo.

Aplicando ese criterio resolvía todos los casos, como el del “pozo de las dos aldeas”. Se trataba de un estanque cuya propiedad era reclamada por la aldea del este y la del oeste. El pozo estaba situado justo en medio de ambos pueblos por lo que no había forma de saber exactamente a cuál de los dos pertenecía. Ante tal situación el Rey decidió aplicar su ya famoso criterio de utilidad. Así que preguntó cuál de los dos pueblos tenía más habitantes. Cuál de los dos pueblos era más activo comercialmente. Finalmente preguntó cuál de los dos pueblos tenía la población más joven.

La respuesta a las tres preguntas fue la misma, el pueblo del este. Entonces el Rey decidió que el pozo debía pertenecer a ese pueblo, puesto que de los dos era el que resultaba más útil al reino, al ser el más prospero de los dos. Al pueblo del oeste le ordenó que buscara otro pozo y de no encontrar ninguno que pagasen un impuesto al pueblo del este para acceder al pozo. Ambas aldeas acataron la decisión alabando la inteligencia del Rey.

La misma lógica utilizó el Rey para resolver otra complicada reyerta. Dos mujeres se disputaban la maternidad de un bebe, tal como en la famosa historia bíblica de Salomón. Entonces el Rey justo analizando la situación hizo una serie de preguntas, “¿Quién de las dos mujeres es más joven?” “¿Cuál de las dos tiene una mejor posición social?”. Todas las preguntas del Rey se dirigían a determinar cuál de las dos mujeres resultaría más útil a la hora de criar al niño. Cuando obtuvo las respuestas, el Rey le dio el bebe a la mujer que era más rica, quien también era más joven y estaba en una mejor posición social. Ambas mujeres acataron la decisión del Rey alabando su sabiduría.

Los mismos criterios utilizó el Rey para resolver la guerra entre el reino del sur y el del norte. El Rey del norte entró con su ejército en el reino del sur buscando carbón, un recurso escaso en el reino del norte. Ambos reyes decidieron someter su conflicto a la sabiduría del Rey justo. El monarca preguntó cuál de los dos reinos necesitaba más el carbón, cuál de los dos reinos tenía más población y finalmente cuál de los dos reinos podría extraer el mayor beneficio del preciado mineral.

Para todas las preguntas la respuesta fue la misma, el reino del norte. Por tanto, la solución resulto muy obvia para el Rey sabio. El carbón debía ir a parar a donde fuese más útil para el mayor número de personas. Porque todo debía girar en torno a eso, al bien mayor para la mayoría y el menor sufrimiento para la minoría. El carbón fue a parar al reino del norte, ambos reinos acataron la decisión del Rey justo alabando su sabiduría.

Todo iba bien en el reino del Rey sabio, su país era rico, su Rey gozaba de prestigio, el pueblo quería a su monarca y todos vivían en paz y felices bajo la justicia del Rey sabio. Pero un día un enorme dragón entro en el reino y rapto a la única hija del Rey. Pero al parecer la intención del dragón no era comerse a la hija del Rey sino cambiarla por cien mujeres jóvenes, a las que sin duda devoraría. Tal fue la petición que le hizo al Rey enviándole una carta escrita por su propia hija.

El consejo de militares del reino se reunió para estudiar la situación. Estudiaron todas las alternativas para intentar rescatar a la princesa pero había una serie de problemas. No sabían en donde se encontraba el dragón y podían tardar años en encontrarlo. Incluso si se supiera el lugar donde se encontraba el dragón, había otro problema. Haría falta enviar todo un ejército para acabar con él y no había certeza de que tuvieran éxito.

Así que nuevamente el Rey se enfrentaba a un problema, pero esta vez lo que estaba en juego no era la vida de personas extrañas sino la de su propia hija. El Rey utilizó nuevamente su criterio de utilidad y se preguntó a sí mismo, ¿Dónde estaba la utilidad mayor y el menor sufrimiento? la respuesta fue desgarradoramente clara. Cien vidas de mujeres jóvenes son más útiles que la vida de una solo joven. Las vidas de todo un ejército son más útiles que la vida de una sola joven.

Los miembros del reino habían adoptado el criterio de utilidad del Rey, y para ellos la decisión era evidente y sencilla aunque no menos dolorosa. Finalmente y tras horas de darle vueltas al asunto, el Rey decidió que no rescatarían a la princesa ni tampoco la intercambiarían por las cien jóvenes que pedía el dragón. Nuevamente los súbditos del Rey acataron la decisión y alabaron su sabiduría.

Pero después de tomar tan terrible medida, el Rey dejo el trono. Se sentía culpable por haber condenado a muerte a su hija, además sentía que no podía seguir dando consejos, pues había algo en su criterio de utilidad que definitivamente no estaba bien. El Rey justo se convirtió en un mendigo errante que iba de un lugar a otro buscando a gente sabía para plantearles la misma situación a la que él se había enfrentado y preguntarles qué decisión habrían tomado ellos en aquellas circunstancias.

Y así el Rey viajó por todo el mundo conociendo a toda clase de sabios y eruditos planteándoles tan complicado dilema. Muchos de esos sabios le recomendaban que visitase al Rey justo, sin saber que estaban hablando con él. Otros agobiados por tan angustioso problema decían que no tenían una respuesta. Y la mayoría de los sabios, influenciados por el criterio de utilidad, decían que había que sacrificar una vida para salvar cien.

Pero el Rey no estaba satisfecho, sentía en su interior que el criterio de utilidad no era correcto había algo que fallaba, pero no sabía exactamente qué. Así el llamado Rey justo vago de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y de país en país hasta que llegó a una pequeña aldea del sur.

Cuando se hallaba cerca de un río muy caudaloso que envolvía aquel pequeño pueblo el Rey observó una escena terrible. Un niño pequeño había caído al agua y la fuerza de la corriente lo estaba arrastrando. Intentar salvarlo era arriesgado, era un río muy caudaloso. El Rey analizo la situación y pensó que según el criterio de utilidad, es más útil preservar una vida que arriesgarse a perder dos. Mientras hacía tales conjeturas el anciano jefe de la aldea ordenó a tres hombres sanos y fuertes que se lanzarán al río a rescatar al niño. Al instante los tres hombres saltaron sin dudar ni un momento y con gran esfuerzo salvaron al niño.

Impresionado por lo que había sucedido, el Rey fue a hablar con el anciano jefe para preguntarle por la naturaleza de su decisión. Sobre todo le sorprendía que hubiese decidido arriesgar la vida de tres hombres sanos y fuertes para salvar una sola vida, aún cuando no había garantías de que ninguno sobreviviese. Viendo las numerosas dudas del Rey vagabundo, el jefe anciano de la aldea tomo la palabra.

-¿Conoces el agua? ¿La has visto con detenimiento? La misma agua que hace crecer los cultivos y sacia nuestra sed, es la misma que arrasa nuestros pueblos y ahoga a nuestra gente. Mira dos gotas de agua—dijo el anciano mientras cogía un puñado de agua–¿Podrías distinguir cuál de las dos es la que sirve para dar vida y cual está destinada a dar muerte?

El Rey justo miro al anciano intuyendo que sus palabras escondían algún tipo de verdad hasta ahora inalcanzable para él. Sus palabras eran como música, ni siquiera intentaba entenderlas solo asimilarlas.

-Tal es la naturaleza de la vida humana. No puedes saber cuál será el destino de las personas. Quizá ese niño está destinado a salvar la vida de cientos de personas o quizás solo llegará a posadero. No hay forma de saberlo y por eso cualquier cálculo de utilidad sobre la vida humana es en sí mismo inútil—comentó el anciano hablando muy despacio.

-Pero cómo podría imponerse el bien de una minoría al bien de la mayoría, ¿Cómo puede ser eso justo?—preguntó el Rey ansioso y sin acabar de desechar su famoso criterio de la utilidad.

-El bien de la mayoría puede llevarnos a situaciones injustas o absurdas. Si tuvieras que elegir entre salvar a tu hijo o a dos personas que no conoces, lo más útil sería salvar a los dos extraños. Pero, ¿lo harías? ¿Cómo puedes saber que tu hijo no está destinado a salvar la vida de cuatro personas? No puedes saberlo. Y ¿si la esclavitud fuera buena para la mayoría, eso haría que fuese justa?

De repente el Rey comprendió todo lo que el anciano le decía y al instante empezó a llorar desconsoladamente pensando en su hija y en la decisión tan absurda que había tomado. ¿De qué le había servido ser Rey si ni siquiera había podido proteger a su hija? Ahora lo entendía, el criterio de utilidad solo funcionaba con las cosas porque son estáticas pero no con las personas, porque son impredecibles y porque la moral de los hombres debe prevalecer sobre cualquier tipo de utilidad, de lo contrario toda sociedad humana estaba destinada a la perdición.

El Rey abandono sus desgastados ropajes y volvió a su reino. Al llegar ordenó que buscasen al dragón que raptó a su hija y le dieran muerte. Los súbditos del Rey estaban sorprendidos y le replicaron lo poco útil que sería intentar tal hazaña. A lo que el Rey contestó:

–¿De qué sirve ser fuerte si no puedes proteger a las personas a las que quieres? Un ejército que no está dispuesto a defender a los suyos es más útil como comida para dragón que como ejercito, su existencia sería una ofensa para Dios.

Arengados por la renovada sabiduría de su Rey, el ejército fue en busca del dragón. Volvieron con la cabeza del dragón metida en un enorme saco. No encontraron a la princesa, pero el Rey no se sintió triste. Tal como dijo el anciano, algunas personas están destinadas a salvar miles de vidas. Sí la princesa no hubiese sido raptada el Rey no habría enviado a su ejército y aquel dragón seguiría aún con vida, matando a muchas otras personas. Los dragones no solían alimentarse de humanos pero había excepciones, terribles excepciones. Cuando un dragón toma la decisión de alimentarse de humanos no se conforma con uno o dos, tiene que matar a cientos para poder sobrevivir.

La muerte de su hija le enseñó la verdadera justicia, la justicia del Rey, Aquella en la que todas las vidas son igual de valiosas. Y para que nadie olvidara jamás tan importante lección, colocó la cabeza del dragón en la entrada de su castillo, en donde aún permanece hoy en día….

autor: William Arley Ramírez G

2 comentarios:

  1. lo siento, he cedido los derechos del cuento entero, solo puedo publicar un capitulo, pero puedes comrparte el libro al link q aparece en la entrada. O descargartelo en ese mismo link, por 1,50 euros, lo q te gastas en una cerveza, y te garantizo que el cuento entero te embriagará más

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